Crónica de una estafa anunciada: Mentiras, traiciones y 5 minutos de placer

Crónica de una estafa anunciada
Mentiras, traiciones y 5 minutos de placer
La historia completa detrás de la filtración del video sexual de Lila Asmr
Sinopsis

Un grupo. Un video que nadie debía tener. Y una historia que nunca fue lo que parecía.
Lo que comenzó como una simple compra colectiva terminó convirtiéndose en una red de mentiras, manipulación y traiciones.
A medida que la tensión crecía, la verdad se volvía cada vez más difícil de distinguir… hasta que todo se derrumbó.
¿Quién estaba realmente detrás? ¿Dónde terminó el dinero? ¿Y qué pasó con los minutos que nunca vimos?
Esta es la historia completa.
Y aún no ha terminado.



Capítulo 1 — El origen de algo que no debía importar

Todo comenzó en un lugar donde, en apariencia, nada tenía demasiado peso. Un grupo de Telegram llamado ASMR Latinas que en ese momento tenía 12 mil miembros, dedicado a compartir contenido de creadoras ASMR en español, donde miles de usuarios interactuaban bajo anonimato, comentaban, discutían, compartían enlaces y, como ocurre en tantos espacios similares, lo extraordinario duraba apenas lo suficiente antes de perderse en el flujo constante de mensajes. Aunque era una comunidad grande, todavía se mantenía dentro de ciertos límites, lo suficientemente contenida como para que nadie imaginara que desde ahí se desarrollaría una historia que terminaría extendiéndose mucho más allá del propio grupo.

El 17 de noviembre de 2024 apareció un usuario que nadie conocía. Su nombre era AG. No saludó, no reaccionó a ningún mensaje previo, no intentó integrarse ni formar parte de las conversaciones. Simplemente escribió. Ofrecía dos videos personalizados de Lila ASMR, una creadora de contenido ASMR en español que, para ese momento, ya contaba con una base importante de seguidores y un nivel de reconocimiento que hacía que cualquier material exclusivo suyo tuviera un valor considerable dentro de ese tipo de comunidades. Y lo hacía con una seguridad que no era común en alguien que acababa de entrar. Junto con la oferta, entregó un contexto que reforzaba su credibilidad: explicó que esos videos provenían de una compra colectiva realizada en un grupo privado, donde varios miembros habían reunido dinero para adquirir contenido directamente de ella, siendo material personalizado y exclusivo para quienes participaron en esa operación.

A partir de esa explicación, la oferta dejó de ser solo una propuesta aislada y pasó a tener una estructura detrás. No se trataba de un vendedor individual sin contexto, sino de alguien que venía de un sistema que ya había funcionado antes. Fue en ese punto donde AG agregó un elemento que terminó de inclinar la percepción del grupo: indicó que estaban dispuestos a vender esos dos videos por solo cien dólares, un valor que, según él mismo explicó, no se acercaba ni remotamente a lo que ellos habían pagado originalmente para obtenerlos directamente de Lila ASMR. Esa diferencia generó una sensación inmediata de oportunidad, casi como si se tratara de un acceso excepcional a algo que normalmente estaría fuera de alcance. Bajo esa lógica, la propuesta comenzó a avanzar con rapidez. Se organizó una colecta entre los miembros de ASMR Latinas, se reunieron los fondos y, aunque persistía cierto grado de duda, también existía una base suficiente de confianza como para justificar el riesgo. Lo que terminó de definir la situación fue lo que ocurrió después. AG cumplió. Entregó los videos sin retrasos, sin excusas, sin complicaciones. Fue un intercambio limpio, directo, casi demasiado ordenado para el tipo de entorno en el que se estaba dando. Y fue precisamente esa ejecución sin fallas lo que terminó de consolidar la percepción de que no se trataba de alguien improvisando, sino de alguien que ya sabía exactamente cómo operar.

Esa primera operación no solo cerró sin problemas, sino que dejó instalada una referencia dentro del grupo. No fue celebrada de forma exagerada ni destacada como un hito, pero sí quedó registrada como una experiencia positiva. Había funcionado. Se había reunido el dinero, se había hecho la transferencia y el contenido había sido entregado. Esa secuencia simple, casi mecánica, fue suficiente para construir una base de confianza que, en ese momento, nadie cuestionó.


Capítulo 2 — El rumor que nadie pudo ignorar

Tres días después, el 20 de noviembre de 2024, ocurrió algo que en ese momento no parecía tener mayor relevancia. En medio de una conversación cotidiana dentro del grupo, uno de los miembros comentó que lo único que faltaba era verla teniendo sexo. La frase, en ese contexto, no tenía nada de especial y se alineaba con el tono habitual de ese tipo de espacios. Sin embargo, otro usuario respondió de forma directa, afirmando que tenía ese video en su poder. No entregó contexto, no explicó cómo lo había obtenido ni presentó pruebas que respaldaran su afirmación. Simplemente hizo la oferta. El precio que indicó —tres mil quinientos dólares— estaba completamente fuera de cualquier rango que el grupo hubiese manejado antes, lo que generó reacciones inmediatas de incredulidad.
De forma inmediata, otro usuario intervino por primera vez en la conversación. Se trataba de BULLNL, quien reaccionó directamente a la afirmación del usuario —cuya cuenta ya había sido eliminada— que aseguraba tener el video de Lila ASMR manteniendo relaciones sexuales. Su respuesta buscó llevar la situación a un plano más concreto, solicitando pruebas que respaldaran lo que se acababa de afirmar. Sin embargo, al notar que la cuenta ya no existía y que no habría forma de obtener una verificación directa, dio un paso más allá. Se identificó como alguien que formaba parte del grupo privado desde donde provenía ese material y, desde esa posición, agregó un comentario que, en ese instante, no fue interpretado con mayor profundidad: señaló que aún existía un video que no habían compartido. No entregó detalles adicionales, no explicó a qué se refería ni desarrolló la idea más allá de esa frase. El mensaje quedó como una intervención breve dentro del flujo de la conversación, sin generar un desarrollo inmediato, pero sumando un nuevo elemento a lo que, hasta ese momento, había sido solo una afirmación aislada. Era una insinuación lo suficientemente clara como para reforzar la idea de que el video no solo existía, sino que estaba en manos de personas concretas.

Después de ese intercambio, la conversación no tuvo una continuación inmediata ni se profundizó en lo planteado. No hubo nuevas intervenciones que aportaran más información, ni intentos concretos por retomar el tema en ese momento. El grupo siguió su dinámica habitual, con nuevos mensajes que fueron desplazando la atención hacia otros contenidos, como ocurría constantemente en ese tipo de espacios. Sin embargo, aunque no se desarrolló de forma activa, lo que se había dicho no desapareció del todo. Quedó presente de manera implícita, sin confirmaciones ni pruebas adicionales, pero tampoco descartado. Era una idea que no avanzaba, pero que tampoco se cerraba, permaneciendo en un punto intermedio dentro de la memoria reciente del grupo.


Capítulo 3 — La promesa sin pruebas

Esa situación se mantuvo sin cambios visibles durante un tiempo, hasta que el 2 de febrero de 2025 el tema volvió a aparecer dentro del grupo. Fue nuevamente BULLNL quien intervino, retomando la conversación que había quedado inconclusa semanas atrás. Esta vez, su mensaje no fue una insinuación, sino una afirmación más directa: indicó que el dueño del video estaba interesado en venderlo. A diferencia de lo ocurrido anteriormente, no se trataba de una aparición aislada ni de un comentario ambiguo, sino de una continuidad sobre algo que ya había sido mencionado antes. Sin embargo, al igual que en ese primer momento, no presentó pruebas ni entregó detalles adicionales que permitieran verificar lo que estaba diciendo. La reacción del grupo fue inmediata y en línea con el tono que solían tener este tipo de situaciones: incredulidad, burlas y cuestionamientos directos. Varios miembros pusieron en duda la veracidad de la afirmación, otros la descartaron como un intento más de llamar la atención, y algunos reaccionaron de forma más agresiva, exigiendo pruebas que no llegaron. En ese contexto, el tema volvía a instalarse, pero todavía sin lograr romper la barrera principal: la falta de evidencia concreta que permitiera sostenerlo más allá de las palabras.

Al día siguiente, el 3 de febrero de 2025, la dinámica comenzó a cambiar cuando intervino Perro Aguayo, el dueño del grupo. A diferencia de las reacciones anteriores, no se limitó a cuestionar públicamente lo que se estaba diciendo ni a sumarse al tono general de incredulidad. En lugar de eso, decidió tomar un rol más activo y averiguar por su cuenta si la afirmación tenía algún sustento real. Aunque había sido BULLNL quien había reactivado el tema indicando que el dueño del video estaba interesado en venderlo, en ese punto quien asumió el rol activo dentro de la negociación fue AG, retomando el contacto y posicionándose nuevamente como el interlocutor directo. Por esa razón, Perro Aguayo decidió comunicarse con él en privado. Fue en ese intercambio donde recibió por primera vez material que iba más allá de simples palabras: capturas del video enviadas bajo modalidad de visualización única, lo que impedía guardarlas pero permitía verlas una sola vez. Con esa información, volvió al grupo y confirmó que el video existía. Esa confirmación generó un cambio inmediato en la reacción de los miembros. La incredulidad inicial comenzó a ceder, no completamente, pero lo suficiente como para que el tema dejara de ser tratado como una simple especulación. Aun así, la falta de acceso directo al material y el hecho de que las pruebas no pudieran ser verificadas por todos mantenía una parte del grupo en duda, mientras otra comenzaba a prestar mayor atención a lo que estaba ocurriendo.

Fue en ese mismo contexto, una vez que la existencia del video ya había sido confirmada por Perro Aguayo, cuando AG dio a conocer el siguiente elemento clave de la negociación: el precio. Indicó que el valor del video era de cincuenta mil pesos mexicanos, una cifra que, dentro de la escala de colectas que el grupo había manejado hasta ese momento, resultaba completamente desproporcionada. La reacción fue inmediata y mucho más intensa que en etapas anteriores. A diferencia de la incredulidad inicial, que estaba ligada a la falta de pruebas, esta vez la molestia se centró en el monto. Varios miembros expresaron abiertamente su rechazo, no solo por lo elevado del precio, sino también por la forma en que se estaba planteando la oferta. Surgieron comentarios críticos, cuestionamientos directos hacia AG y un ambiente general de frustración, ya que ahora el problema no era si el video existía, sino que, aun existiendo, parecía inaccesible. Esa percepción quedó reflejada de manera clara cuando Perro Aguayo decidió abrir una encuesta dentro del grupo para medir el interés real en realizar la compra. El resultado fue contundente: 799 votos, de los cuales un 67% se manifestó en contra de adquirir el video, principalmente debido al alto valor solicitado.

Pero, ¿qué hacía ese video tan costoso? No se trataba simplemente de un contenido que habían comprado. Era algo mucho más elaborado. Según AG, ese video había sido planeado, producido y financiado completamente por ellos. No era una adquisición, era una creación.
Y para reforzar aún más su exclusividad, agregó un detalle que elevaba su valor por sobre cualquier otro: uno de los propios miembros del grupo privado era, junto a Lila ASMR, protagonista del contenido.
Eso no era todo. Explicó que no había sido fácil llegar a ese punto. Convencerla de participar en una grabación de ese tipo requirió tiempo, dinero y una estrategia previa. Según su relato, antes del encuentro habían comprado múltiples videos personalizados con el objetivo de generar confianza y demostrar que contaban con los recursos necesarios para pagar por sus servicios. Todo formaba parte de un proceso.Y ese proceso tenía un costo. Un costo que, según su propia estimación, ascendía a 200 mil pesos mexicanos.
Luego remató con una afirmación que no dejaba espacio para dudas: debían considerarse privilegiados. Según él, ASMR Latinas estaba teniendo acceso al video por apenas una fracción de su valor real, pagando solo una cuarta parte de lo que les había costado producirlo.

Al día siguiente, el 4 de febrero de 2025, AG volvió a intervenir intentando sostener la negociación frente al rechazo que había generado el precio. En lugar de modificar la oferta, optó por reforzar su posición apelando a un elemento que hasta ese momento jugaba a su favor: el antecedente reciente dentro del grupo. Recordó que en la colecta anterior habían cumplido sin problemas, que el dinero se había transferido y que los videos habían sido entregados prácticamente de inmediato, utilizando ese punto como argumento central para pedir confianza. Sin embargo, la reacción del grupo no se alineó con esa expectativa. Aunque algunos miembros reconocían que la experiencia previa había sido positiva, la mayoría seguía considerando que el monto era excesivo y difícil de justificar. Los cuestionamientos continuaron, el tono se volvió cada vez más crítico y en varios casos directamente hostil, no solo hacia el precio, sino también hacia la forma en que AG se comunicaba, percibida por muchos como soberbia o poco transparente. En ese punto, la situación se mantenía en tensión: la existencia del video ya no estaba en duda, pero las condiciones para acceder a él seguían siendo rechazadas por una parte importante del grupo.


Capítulo 4 — La aparición del segundo vendedor

En la madrugada del 6 de febrero de 2025, cuando la discusión aún seguía marcada por el rechazo al precio y la tensión dentro del grupo no disminuía, apareció un nuevo actor. Un usuario llamado Wawa ingresó al chat y su primer mensaje fue simple, casi fuera de contexto: preguntó quién estaba despierto. Ese gesto, aparentemente trivial, le permitió captar la atención de quienes estaban activos a esa hora antes de introducir lo que realmente venía a plantear.
La aparición de Wawa marcó un punto de quiebre en la historia. No solo irrumpió en la conversación, sino que lo hizo aportando información que AG había omitido hasta ese momento. Afirmó que también formaba parte del grupo privado, lo que le daba acceso directo al mismo material que estaba siendo ofrecido. Sin embargo, lo que realmente provocó asombro dentro de ASMR Latinas fue lo que reveló a continuación: él era el miembro del grupo privado que protagonizaba el video junto a Lila ASMR.
Minutos después, ofreció el video por un valor considerablemente menor: veinte mil pesos mexicanos. La diferencia con la cifra anterior fue lo suficientemente significativa como para cambiar inmediatamente el tono de la conversación. Antes de que el grupo pudiera procesar completamente la nueva oferta, AG reaccionó de forma agresiva, insultándolo, llamándolo traidor por querer vender ese video para beneficio propio sin respetar el acuerdo a lo que los miembros del grupo privado habían llegado y cuestionando su propuesta, a lo que Wawa respondió en el mismo tono, desacreditando el precio inicial y presentando el suyo como más justo. Para quienes observaban desde fuera, lo que se estaba desarrollando parecía un conflicto real entre dos personas que competían por vender el mismo material. Esa confrontación captó la atención del grupo y modificó la percepción general. La incredulidad dio paso a una mayor atención, los comentarios dejaron de centrarse únicamente en el rechazo y comenzaron a enfocarse en la disputa misma.

En medio de esa confrontación, cuando la atención del grupo ya estaba completamente puesta en el intercambio entre ambos, Wawa dio un paso adicional que cambió nuevamente la dinámica. Por primera vez, liberó una captura del video de forma pública dentro del grupo. A diferencia de las pruebas anteriores, que habían sido compartidas de manera privada y bajo visualización única, esta imagen quedó disponible para todos los miembros, sin restricciones. Ese detalle marcó un punto de inflexión. Ya no se trataba solo de confiar en la palabra de alguien o en la validación indirecta de Perro Aguayo, sino de una evidencia visible para cualquiera que estuviera presente en ese momento. La reacción fue inmediata. La incredulidad que aún persistía en algunos sectores comenzó a desaparecer, reemplazada por una mezcla de sorpresa, interés y urgencia. El tono del grupo cambió de forma clara: los cuestionamientos sobre la existencia del video dieron paso a discusiones sobre el precio, las condiciones y la posibilidad real de acceder a él bajo esta nueva oferta.

En ese contexto, Perro Aguayo volvió a intervenir abriendo una nueva encuesta dentro del grupo para medir la disposición real frente a este nuevo escenario. A diferencia de la anterior, esta vez el resultado reflejó un cambio claro en la percepción general. Con 889 votos registrados, el 52% se manifestó a favor de avanzar con la compra, lo que evidenciaba que, aunque el monto seguía siendo alto, ahora era visto como una cifra más accesible en comparación con la propuesta inicial. La combinación entre un precio reducido y la evidencia visible del video había modificado el equilibrio dentro del grupo, inclinándolo por primera vez hacia la posibilidad concreta de llevar a cabo la operación.


Capítulo 5 — Cuando la duda se vuelve tensión

Durante los días siguientes, el tema se mantuvo activo dentro del grupo, pero con una dinámica distinta a la de los momentos anteriores. Por un lado, AG continuaba interviniendo con frecuencia, pero lejos de calmar la situación, su forma de comunicarse intensificaba el rechazo. Su tono era confrontacional y en varios momentos directamente despectivo, llegando incluso a tratar a los miembros como pobres por no poder pagar el precio que él defendía, lo que generó una reacción inmediata dentro del grupo. Los comentarios en su contra aumentaron, las respuestas se volvieron más agresivas y la percepción hacia él se deterioró rápidamente. Por otro lado, Wawa tenía una presencia mucho más intermitente, apareciendo solo en momentos puntuales, lo que contribuía a mantener la atención sobre su figura sin desgastarla. En ese contexto, el grupo comenzó a polarizarse en su percepción: mientras algunos veían en la nueva oferta una oportunidad más concreta de acceder al video, otros seguían desconfiando tanto de las condiciones como de las personas involucradas en la negociación, especialmente por la actitud que AG estaba mostrando. Sin embargo, lo que no era visible dentro del grupo era lo que estaba ocurriendo en paralelo. En privado, tanto AG como Wawa comenzaron a comunicarse con Perro Aguayo por separado, acusándose mutuamente de posibles intentos de estafa, contradiciendo sus propias posiciones públicas y generando un escenario cada vez más confuso. Esa doble narrativa, invisible para el resto de los miembros, fue aumentando la incertidumbre en Perro Aguayo, que ahora no solo debía lidiar con la presión del grupo, sino también con la dificultad de entender qué parte de lo que estaba ocurriendo era real y cuál formaba parte de una estrategia que aún no lograba descifrar.

En ese escenario de tensión sostenida y desconfianza creciente, el 22 de febrero de 2025 se produjo un nuevo movimiento que volvió a alterar el equilibrio dentro del grupo. Wawa reapareció con una propuesta distinta, reduciendo nuevamente el precio del video, esta vez a diez mil pesos mexicanos. A diferencia de las ofertas anteriores, esta cifra se acercaba mucho más a lo que el grupo consideraba alcanzable dentro de sus dinámicas habituales. La reacción fue inmediata y marcadamente diferente a las anteriores. La resistencia que había predominado frente a los montos previos comenzó a ceder, dando paso a una mayor disposición a avanzar. Los comentarios cambiaron de tono: donde antes predominaban el rechazo y la crítica, ahora aparecían mensajes de organización, coordinación y urgencia por reunir los fondos antes de que la oportunidad se perdiera. La percepción general dentro del grupo se inclinó hacia la idea de que, por primera vez, el acceso al video era realmente posible. En ese contexto, se inició la colecta con un nivel de participación más activo y comprometido que en instancias anteriores. Durante el 23 de febrero de 2025, tras varias horas de aportes y coordinación constante entre los miembros, finalmente se logró reunir el dinero necesario. Los fondos se consolidaron en dos partes: por un lado, un saldo en PayPal, y por otro, una suma en pesos mexicanos que estaba siendo recaudada y administrada en la cuenta del Colaborador. Con el objetivo alcanzado, la atención del grupo se trasladó inmediatamente hacia el siguiente paso: concretar la transacción y recibir el video.


Capítulo 6 — El punto sin retorno

La negociación final fue larga, tensa y marcada por una desconfianza absoluta entre ambas partes. Ninguno estaba dispuesto a ceder primero. Perro Aguayo no quería enviar el dinero sin tener una garantía real de que recibiría el video, y Wawa no tenía ninguna intención de entregar el material sin asegurarse antes de recibir el pago. Durante un largo periodo intercambiaron propuestas, alternativas y condiciones, pero ninguna lograba destrabar el punto central: quién daba el primer paso. En un momento, incluso, como parte de su estrategia para presionar a Perro Aguayo y forzarlo a ceder, Wawa volvió al grupo mientras las negociaciones privadas aún se estaban llevando a cabo. Su objetivo era claro: instalar la idea de que no se estaba llegando a un acuerdo y que, como consecuencia, el video probablemente no sería compartido. Atribuyó esta situación al alto nivel de desconfianza que estaba bloqueando cualquier avance, señalando directamente al representante del grupo como el principal responsable del retraso en la entrega del material, reforzando aún más la presión sobre Perro Aguayo, ya que el tiempo seguía avanzando y los miembros comenzaban a inquietarse, algunos incluso insinuando que todo podía terminar en una estafa o que el dinero había desaparecido. Fue en ese contexto, con la presión creciendo y el margen de maniobra reduciéndose, que Perro Aguayo tomó una decisión. Propuso un acuerdo intermedio: enviaría la mitad del dinero y, a cambio, recibiría la mitad del video, repitiendo el proceso con la segunda parte para completar la transacción. Sin embargo, incluso con ese esquema, surgió un nuevo conflicto. Wawa insistía en que el dinero se enviara mediante un sistema anónimo, a través de depósitos en OXXO, donde no quedara registro claro de la identidad de quien retiraba los fondos. Perro Aguayo entendía perfectamente el riesgo de ese método: una vez entregado el dinero, no habría ninguna forma de recuperarlo. Por eso insistió en utilizar PayPal, no solo como medio de pago, sino como una mínima garantía en caso de que algo saliera mal. La discusión se estancó nuevamente, hasta que decidió cambiar de enfoque. Dejó de argumentar desde la lógica y apeló a algo más directo: le hizo ver a Wawa que él ya estaba dispuesto a ceder, que estaba aceptando ser quien enviara primero, asumiendo un riesgo evidente, y que, bajo esa lógica, lo mínimo que podía esperarse era que Wawa también cediera en algo. No se trataba solo de condiciones técnicas, sino de equilibrio. De reciprocidad. Ese argumento, más emocional que estratégico, terminó inclinando la balanza. Wawa, a regañadientes, aceptó que el primer pago se realizara vía PayPal. En ese momento, por primera vez en toda la negociación, parecía que finalmente habían llegado a un punto de acuerdo. Pero esa sensación duraría muy poco.

El acuerdo parecía finalmente alcanzado. Wawa había indicado que tenía ambas partes del video ya preparadas en sus mensajes guardados, listas para ser enviadas de manera inmediata una vez confirmado el pago. Todo parecía alinearse después de horas de tensión, dudas y negociaciones fallidas. Siguiendo lo pactado, Perro Aguayo procedió a transferir la mitad del dinero utilizando PayPal, asumiendo el riesgo inicial que durante tanto tiempo había intentado evitar. Sin embargo, lo que ocurrió a continuación no solo rompió el acuerdo, sino que terminó por confirmar todos los temores que habían estado presentes desde el inicio. Apenas se realizó la transferencia, de manera casi inmediata, Wawa bloqueó a Perro Aguayo y eliminó toda la conversación, borrando cualquier rastro de lo que habían estado negociando durante días. No hubo explicación, no hubo respuesta, no hubo margen de reacción. En cuestión de segundos, todo había terminado. La estafa, que durante tanto tiempo había sido una posibilidad latente, finalmente se había concretado.


Capítulo 7 — La mentira que sostuvo todo

En ese momento, Perro Aguayo se encontró frente a una situación extremadamente delicada. Había perdido una parte del dinero que los miembros del grupo habían reunido, pero al mismo tiempo no estaba dispuesto a mostrar debilidad ni a exponer lo ocurrido de manera inmediata, aun cuando eso implicara asumir personalmente las consecuencias. El grupo, por su parte, estaba expectante, esperando el video, sin margen para excusas ni explicaciones complejas. Para ganar tiempo, tomó una decisión estratégica: emitir un comunicado apoyándose en algo que el propio Wawa había dicho previamente dentro del grupo, donde había insinuado que no existía acuerdo en la forma de realizar la transacción. Aprovechando esa base, publicó el siguiente mensaje:

Comunicado:

A pesar de tener el dinero solicitado reunido, hay señales y banderas rojas que indican que el negocio podría ser fraudulento, por lo que hemos decidido no correr riesgos y postergar la operación.

La responsabilidad de tener los fondos de tantos pajeros que voluntariamente colaboraron para lograr esta meta es demasiado grande, y no vamos a proceder sin contar con la absoluta seguridad de que la transacción es confiable.

Sabemos que esto puede ser un contratiempo para muchos de ustedes que tenían planificado autocomplacerse con dicho material, pero lo prudente en este caso es esperar hasta encontrar a un proveedor de contenido confiable, que nos dé seguridad.

Cualquier novedad será comunicada en el grupo.

De esta forma, tanto Wawa como Perro Aguayo quedaban alineados públicamente en una misma versión: que no existía acuerdo. Mientras tanto, en paralelo, Perro Aguayo procedió de inmediato a iniciar el reclamo en PayPal, entregando todas las pruebas que aún conservaba, incluyendo capturas del bloqueo y los antecedentes de la negociación.


Capítulo 8 — La traición desde adentro

Fue en ese contexto, cuando la situación parecía estancada entre la incertidumbre y la necesidad de recuperar el dinero, que apareció una figura completamente inesperada: el Infiltrado. Este usuario, que formaba parte del grupo privado de donde provenía el video, decidió contactar a Perro Aguayo y ofrecerle información. Su motivación no fue casual ni altruista. Había sido excluido del acceso al contenido dentro de ese grupo, a pesar de haber participado en la recolección de dinero para adquirirlo, al igual que otros miembros que también quedaron fuera. Wawa, al notar que ASMR Latinas se estaba demorando en concretar la compra, comenzó a desconfiar incluso de los suyos, pensando que alguno de ellos podía intentar negociar el video por su cuenta y arruinar su plan. Esa desconfianza lo llevó a tomar una decisión que terminó rompiendo la dinámica interna del grupo: restringir el acceso al material incluso a quienes habían contribuido económicamente para obtenerlo. Esa traición generó una molestia suficiente como para romper cualquier lealtad. Fue entonces cuando decidió colaborar. No solo entregó información, sino que además reveló algo que hasta ese momento nadie sabía: dentro de ese mismo grupo privado, Wawa se estaba burlando abiertamente de cómo había logrado estafar a toda la comunidad de ASMR Latinas, riéndose del proceso, del dinero y de la ingenuidad del grupo. Ese detalle no solo confirmaba la estafa, sino que añadía un componente mucho más provocador a la situación.


Capítulo 9 — La revelación

Pero lo que el Infiltrado reveló a continuación fue lo que realmente cambió todo. No se trataba solo de una estafa bien ejecutada, sino de algo mucho más profundo, más calculado y, sobre todo, más revelador. Wawa y AG eran la misma persona. Ese dato, por sí solo, tenía un peso enorme, pero su verdadero impacto estuvo en lo que permitió comprender a partir de ese momento. De golpe, una serie de hechos que hasta entonces parecían desconectados, contradictorios o simplemente confusos comenzaron a alinearse con una lógica clara. La confrontación entre ambos, que había captado la atención del grupo, dejaba de ser un conflicto real para transformarse en una puesta en escena. El momento en que apareció Wawa, justo cuando el grupo se negó a pagar los 50.000 pesos, dejaba de parecer casual. La rebaja a 20.000 ya no era una oportunidad inesperada, sino una estrategia para hacer el precio más accesible sin perder el control de la negociación. Incluso las acusaciones cruzadas en privado, donde ambos intentaban desacreditarse frente a Perro Aguayo, adquirían un nuevo sentido: no eran advertencias, eran parte del mismo juego. Todo apuntaba a lo mismo. Cuando el grupo no estuvo dispuesto a pagar el monto inicial, fue necesario crear un conflicto artificial que justificara una rebaja significativa, generara urgencia y validara la existencia del video desde dos fuentes aparentemente independientes. Teniendo dos usuarios interviniendo, la estrategia era construir una dinámica clara: un vendedor “malo”, intransigente con el precio, soberbio, irrespetuoso con los miembros y completamente rígido frente a las condiciones que él mismo imponía, y un vendedor “bueno”, empático, flexible, razonable, que solo buscaba cobrar un monto más accesible y, en apariencia, justo. No eran dos personas compitiendo. Era una sola manipulando la situación desde ambos lados. En ese instante, para Perro Aguayo, todo encajó. Y lo que hasta ese momento había sido incertidumbre, pasó a ser una certeza incómoda: nunca hubo negociación real, solo una estrategia que había funcionado exactamente como estaba diseñada. En ese mismo momento comprendió también que la primera venta había sido parte del plan, una operación controlada destinada a construir credibilidad y ganar la confianza del grupo para lo que vendría después. Y junto con eso, algo aún más incómodo: el video nunca estuvo realmente en venta. Había sido, desde el principio, una carnada cuidadosamente diseñada para generar interés, presión y urgencia dentro del grupo, con un único objetivo: sacarles dinero.


Capítulo 10 — Rompiendo el anonimato

Sin embargo, incluso después de esa revelación, aún quedaba una diferencia fundamental entre entender lo que había ocurrido y poder revertirlo. Perro Aguayo ahora tenía claridad sobre el engaño, pero no tenía ninguna herramienta concreta para enfrentarlo. Sabía que había sido manipulado, sabía que todo había sido un plan, pero seguía estando en la misma posición inicial: sin el dinero y sin el video. Fue en ese punto donde apareció un elemento que, en su momento, había pasado completamente desapercibido y que ahora adquiría un valor decisivo. Dentro del grupo privado, durante la etapa en que se estaban reuniendo fondos para adquirir el contenido, Wawa había compartido su cuenta bancaria real para recibir transferencias de los miembros. En ese entonces, ese dato no había tenido mayor relevancia, era solo un medio práctico para organizar los aportes. Pero ahora, bajo este nuevo contexto, se transformaba en algo completamente distinto. Ya no era un simple canal de pago, era un rastro. Una conexión directa con una identidad real. El Infiltrado, sin dimensionar inicialmente el peso que tendría esa información, le entregó ese dato a Perro Aguayo como parte del conjunto de antecedentes que estaba revelando. Y fue en ese momento, casi de forma inesperada, que la historia dio un giro. Porque hasta entonces, todo el poder de Wawa había estado sostenido en una sola cosa: el anonimato. Y por primera vez, existía la posibilidad real de romperlo.

Fue en ese punto donde una conversación que hasta entonces no tenía mayor relevancia terminó convirtiéndose en la pieza que faltaba para cerrar el círculo. Perro Aguayo retomó un intercambio casual que mantenía con Andrea Becaria, una creadora de contenido ASMR erótico y miembro activa del grupo con la que tenía una relación cordial y conversaciones esporádicas. No acudió a ella como parte de un plan estructurado, sino más bien como una forma de compartir lo que estaba ocurriendo, casi buscando una segunda opinión en medio de la incertidumbre. En ese contexto, mencionó un detalle que hasta ese momento no había logrado conectar completamente: que tenía en su poder la cuenta bancaria que Wawa había utilizado para recibir dinero. La reacción de Andrea no fue dramática ni inmediata, fue simple, casi lógica. Le explicó que en México, al realizar una transferencia bancaria, el sistema mostraba información del titular de la cuenta, incluyendo su nombre completo y su número de identificación. No era un procedimiento complejo, ni requería acceso privilegiado, ni conocimientos técnicos avanzados. Bastaba con enviar una cantidad mínima de dinero. Ese comentario, que en otro contexto habría pasado desapercibido, cambió completamente el escenario. De pronto, la barrera que había protegido a Wawa durante toda la operación —su anonimato— dejaba de ser infranqueable. Sin necesidad de investigar, sin necesidad de rastrear, sin necesidad de recurrir a terceros, existía una forma directa de obtener su identidad real. Andrea, sin dudarlo demasiado, tomó la iniciativa. Realizó una transferencia simbólica de un peso a la cuenta proporcionada. Y en cuestión de segundos, la información apareció. Nombre completo. Identificación. Sin ambigüedades. Sin margen de error. En ese instante, todo el equilibrio de la historia se rompió. Porque por primera vez desde el inicio, Wawa dejaba de ser un usuario, un alias, una figura intocable dentro de un sistema anónimo, y pasaba a ser una persona real, con una identidad concreta, con una vida fuera de la pantalla, y, sobre todo, con algo que perder.


Capítulo 11 — Cuando el poder cambia de manos

Con la identidad ya en sus manos, la situación dejó de ser incierta y pasó a ser completamente asimétrica. Por primera vez desde que todo había comenzado, el control cambiaba de lado. Perro Aguayo no actuó de inmediato. Antes de hacer cualquier movimiento, investigó. Con el nombre completo y los datos obtenidos, comenzó a reconstruir quién era realmente la persona detrás de Wawa. Lo que encontró no fue menor: no se trataba de alguien anónimo sin consecuencias, sino de alguien con una profesión reconocida, con cierto nivel de prestigio y con una presencia rastreable en distintos espacios. No era una figura pública en el sentido tradicional, pero tampoco era invisible. Era alguien cuya reputación podía verse afectada si esa información salía a la luz. Ese descubrimiento terminó de definir el siguiente paso. El 26 de febrero, Perro Aguayo decidió contactarlo. No lo hizo a través del usuario Wawa, que ya lo había bloqueado, sino a través de AG, plenamente consciente de que eran la misma persona. Y cuando lo hizo, no utilizó amenazas, ni explicaciones extensas, ni intentó reconstruir la negociación. Optó por algo mucho más directo. Mucho más simple. Lo saludó utilizando su nombre real. Ese gesto, en apariencia mínimo, tuvo un efecto inmediato. No hubo preguntas, no hubo negación, no hubo intento de sostener el personaje. La figura que hasta ese momento había sido desafiante, agresiva y segura de sí misma desapareció por completo. En su lugar apareció otra cosa: una reacción instintiva, casi automática, marcada por el miedo. En ese instante, la persona detrás de Wawa entendió que el escenario había cambiado. Que ya no estaba operando bajo anonimato. Que ya no tenía el control. Y que cualquier movimiento a partir de ese punto podía tener consecuencias que trascendían completamente el entorno del grupo. Era un miedo que no solo provenía de la posible revelación pública de su identidad, sino también de las implicancias mucho más profundas que podía traer la exposición de ese material. En ese video no solo aparecía directamente: había sido él quien asumió el rol de resguardar ese contenido, de garantizar su confidencialidad y de cumplir un acuerdo explícito de privacidad con Lila ASMR. Romper ese compromiso no era un detalle menor. Podía implicar responsabilidades personales directas, incluso legales, y abrir escenarios que iban mucho más allá de lo que hasta ese momento había sido solo una negociación informal. Lo que hasta ese momento había sido una posición dominante, construida desde la manipulación y la ventaja, se desmoronó en cuestión de segundos. Sin necesidad de elevar el tono, sin necesidad de exponer explícitamente lo que podía ocurrir, la dinámica quedó definida. Y por primera vez en toda la historia, fue Wawa quien no tuvo margen de negociación.


Capítulo 12 — El precio del cierre

A partir de ese punto, la negociación dejó de existir en los términos en que se había planteado originalmente. Ya no se trataba de condiciones, de precios ni de formas de pago. Se trataba de una sola cosa: revertir, en la medida de lo posible, una situación que había sido completamente desfavorable hasta ese momento. La reacción de Wawa fue inmediata y, sobre todo, reveladora. No intentó justificar lo ocurrido, no negó la estafa, no buscó reconstruir una versión alternativa de los hechos. Tampoco intentó recuperar el control mediante nuevas condiciones o exigencias. Simplemente cedió. Aceptó entregar parte del material como forma de compensación, entendiendo que el escenario en el que había operado hasta ese momento ya no existía. Fue en ese contexto donde envió el fragmento del video: cinco minutos de una grabación que, según todo lo que se había mostrado previamente, tenía una duración total cercana a los treinta y cinco. La diferencia no pasó desapercibida, pero tampoco abrió una nueva instancia de negociación. Wawa explicó que el resto del contenido no sería entregado, argumentando que Lila ASMR presentaba una enfermedad de transmisión sexual que hacía que los primeros planos de sus genitales resultaran desagradables, incluso difíciles de mirar. Para respaldar esta afirmación, envió una imagen de vista única a Perro Aguayo, en la que se podía observar que su zona íntima mostraba una apariencia irregular, con presencia de bultos y pequeñas lesiones, que podían coincidir con lo que estaba describiendo. Sin embargo, no era posible confirmarlo con certeza, tanto por la baja calidad de la imagen como por los escasos segundos que tuvo para visualizarla antes de que desapareciera. Como segundo argumento, señaló que durante la grabación se había producido una discusión que ocupaba varios minutos del video. Pero no entregó detalles sobre qué la originó ni cuál fue su desenlace. Sin embargo, más allá de las razones que expuso, lo que terminó inclinando la decisión de Perro Aguayo fue algo más profundo que una evaluación estratégica. Para ese punto, la situación llevaba días acumulando tensión, presión constante del grupo, incertidumbre, desgaste emocional y la carga de tener que sostener una versión pública que no coincidía con lo que realmente estaba ocurriendo en privado. El cansancio ya no era solo operativo, era mental. Y en ese estado, lo único que buscaba era cerrar al menos una parte del conflicto. Entregar algo. Cumplir, aunque fuera parcialmente, con la expectativa del grupo. Reducir la presión. Por eso, aceptó esos cinco minutos como un punto de cierre para la parte visible de la historia, aun sabiendo que el material completo no estaba siendo entregado y que quedaban cabos sueltos. El video completo nunca fue recibido. Nunca fue visto por él. Nunca estuvo bajo su control. Todo lo que existía, todo lo que podía confirmarse, quedaba reducido a fragmentos, capturas y esos cinco minutos que, a partir de ese momento, se transformarían en el centro de todo lo que vendría después, mientras en paralelo aún quedaba pendiente la otra batalla: recuperar el dinero.


Capítulo 13 — La victoria que no fue completa

Una vez recibido el fragmento, la situación entró en su fase final, pero no de manera inmediata ni improvisada. Perro Aguayo entendía que no bastaba con tener el material en privado; era necesario cerrar el proceso de cara al grupo y dar una señal clara de que la situación había llegado a un punto de resolución. Todo ocurrió dentro del mismo intercambio que ya estaba en curso, sin pausas ni nuevas instancias de negociación. Aprovechando el momento en que Wawa ya había cedido y no tenía margen de maniobra, le exigió algo adicional: debía desbloquearlo, volver al grupo de ASMR Latinas y confirmar públicamente lo sucedido. No se trataba solo de validar el contenido, sino de trasladar el desenlace al mismo espacio donde se había desarrollado toda la historia, frente a quienes habían participado en la colecta y seguido cada etapa del proceso. Wawa aceptó. Regresó al grupo y, ante la mirada de cientos de miembros conectados, confirmó la situación y procedió a liberar el fragmento del video de cinco minutos. El impacto fue inmediato, pero para Perro Aguayo ese no era el cierre completo. Apenas el contenido estuvo disponible y la confirmación fue pública, ejecutó el último paso: lo expulsó del grupo de manera definitiva. Ese acto, más que una simple acción administrativa, tuvo un efecto inmediato en el ambiente del grupo. La reacción fue de burla, de alivio, incluso de celebración. Para los miembros, que nunca supieron que el dinero había sido efectivamente transferido, la historia había sido otra: un intento de estafa que no se concretó, un vendedor que terminó cediendo ante la presión y un video que, después de haber sido presentado como algo exclusivo, costoso y difícil de obtener, terminaba siendo liberado de manera gratuita. Esa inversión de expectativas generó una sensación colectiva difícil de replicar, donde lo que durante días había sido tensión y frustración se transformaba en risa y satisfacción. Y en ese contraste, en ese cierre casi irónico, se consolidaba la última imagen del proceso: alguien que había intentado manipular toda la situación terminaba expuesto, cediendo y siendo expulsado, mientras el grupo, sin conocer completamente lo que había ocurrido en privado, se quedaba con la sensación de haber ganado.

La reacción inicial del grupo no tardó en transformarse en algo más amplio que una simple celebración momentánea. Lo que comenzó como risas, comentarios irónicos y mensajes celebrando la expulsión de Wawa, rápidamente evolucionó en una avalancha de actividad dentro del chat. Usuarios que no habían participado en días reaparecieron, otros que habían seguido la historia en silencio comenzaron a opinar, y en cuestión de minutos el grupo se llenó de reacciones, comentarios y discusiones en torno al video recién liberado. El fragmento de cinco minutos se convirtió, casi de inmediato, en el contenido con mayor interacción dentro de ASMR Latinas, superando cualquier otro material compartido anteriormente. Pero ese impacto no se limitó al grupo. Como ocurre con todo contenido que genera suficiente interés en espacios de este tipo, el video comenzó a salir de ese entorno casi de forma automática. Miembros lo descargaron, lo compartieron en otros grupos, lo subieron a foros y lo replicaron en distintas plataformas. En cuestión de horas, el material dejó de ser algo contenido dentro de una comunidad específica y pasó a circular libremente por internet, perdiendo cualquier tipo de control sobre su distribución. Lo que originalmente había sido presentado como un contenido exclusivo, restringido a un grupo reducido de personas y con un alto valor económico, se transformaba ahora en algo completamente opuesto: accesible, replicado y expuesto en múltiples espacios. Ese cambio no solo consolidaba el impacto del evento dentro del grupo, sino que también tuvo consecuencias fuera de él. En algún punto posterior a la filtración, la propia Lila ASMR tomó conocimiento de lo ocurrido y reconoció que el material había sido difundido sin control. Lejos de ignorar la situación, decidió adaptarse a ella: comenzó a ofrecer contenido más explícito en sus propias plataformas, entendiendo que, en comparación con ese video que ya circulaba libremente, lo que había estado vendiendo hasta ese momento había quedado en un nivel distinto. Y así, lo que había comenzado como una operación cerrada, cuidadosamente construida y sostenida sobre la idea de exclusividad, terminaba disolviéndose en algo completamente fuera de control, dejando tras de sí no solo un video incompleto que nunca volvió a aparecer en su totalidad, sino también una pregunta que seguiría presente mucho después de que todo pareciera haber terminado: qué ocurrió realmente con el resto del material, y si esos treinta minutos que faltaron alguna vez llegarán a salir a la luz.


Epílogo
Las consecuencias: lo que ocurrió después con los protagonistas y el rastro que dejó la historia


Lila ASMR:
Para entender esta historia, hay que entender quién es Lila ASMR.
Antes del ASMR, su camino apuntaba hacia la actuación. No era solo una intención: había participado en un cortometraje y se había formado en el CEA de Televisa, espacios que suelen ser el inicio de una carrera profesional dentro del mundo actoral. Pero su trayectoria tomó otro rumbo.
La actuación nunca fue su punto fuerte. Lo que realmente destacaba en ella no era el talento interpretativo, sino su imagen. En ese contexto, plataformas como YouTube —y particularmente el ASMR— ofrecían un espacio mucho más acorde a ese perfil, donde la cercanía y la atracción física podían pesar más que cualquier otra habilidad.
En YouTube comenzó a ganar visibilidad y a construir un público cautivo, llegando a superar los 400 mil suscriptores.
Como no tenía ningún talento más allá de ser una mujer atractiva, y con una audiencia que respondía principalmente a su imagen, su contenido comenzó a desplazarse hacia un terreno abiertamente explícito. La lógica era simple: explotar aquello que sí generaba interés. Muchos de sus seguidores ya no buscaban solo ASMR, sino verla en un espacio más sexualizado, más directo, más alineado con lo que proyectaban sobre ella. Y ella entendió perfectamente ese cambio. Lo tomó y lo convirtió en negocio: abrió una cuenta en OnlyFans para monetizar su imagen, comenzó a vender contenido sexual personalizado de forma privada y a ejercer la prostitución.
En la actualidad, su presencia en YouTube quedó atrás. Su último video fue publicado el 22 de marzo de 2025, marcando una ausencia que ya supera el año en la plataforma.
El contenido que alguna vez la posicionó fue desplazado por completo, y su actividad se concentra ahora en plataformas de creación de contenido pornográfico.
Debido al alto volumen de contenido explícito que produce actualmente, las filtraciones han crecido al mismo ritmo, volviéndose cada vez más frecuentes y difíciles de contener.
Su imagen también cambió. Dejó atrás la faceta de chica ASMR y pasó a estar directamente asociada a la creación de contenido explícito.
Al mismo tiempo, mantiene una presencia constante en redes como Instagram, donde proyecta una narrativa distinta: una vida personal visible, marcada por la exposición de su relación amorosa y la construcción de una imagen que convive, sin ocultarse, con todo lo demás.
Dos caras. Una misma figura.

El dinero de la estafa:
Con el paso de los días, cuando la intensidad del momento comenzó a bajar y el ruido dentro del grupo dio paso a una especie de normalidad, empezaron a hacerse visibles las consecuencias que no habían quedado expuestas en el cierre inmediato de la historia. Una semana después de la estafa, el reclamo que Perro Aguayo había iniciado en PayPal finalmente tuvo respuesta. Tras revisar las pruebas presentadas —las conversaciones, el bloqueo inmediato posterior al pago y la falta total de cumplimiento por parte del vendedor— la plataforma consideró el caso como admisible y procedió a revertir la transacción. El dinero enviado fue recuperado y devuelto, y poco después redistribuido entre los miembros que habían participado en la colecta. Sin embargo, no todos los fondos tuvieron el mismo destino. El dinero que había sido reunido en pesos mexicanos, gestionado a través del Colaborador, no pudo ser restituido en su totalidad. Según su propia versión, una parte de esos fondos había sido robada, y solo logró devolver dos mil pesos mexicanos. Esa suma, que representaba lo último que quedaba de ese tramo de la operación, fue utilizada con la intención de cerrar definitivamente el episodio: se destinó a la compra de un video personalizado a Andrea Becaria. Pero ese intento tampoco llegó a concretarse. El contenido nunca fue entregado. Sin explicaciones, sin justificaciones y sin mayor contexto, Andrea desapareció del grupo, dejando tras de sí una segunda pérdida que, aunque menor en términos económicos, reforzaba una sensación que ya se había instalado: incluso después de haber cerrado el conflicto principal, las consecuencias de lo ocurrido seguían extendiéndose, repitiendo patrones y dejando nuevas preguntas abiertas.

Andrea Becaria:
Con el tiempo, la figura de Andrea Becaria no desapareció de inmediato, sino que atravesó un proceso más ambiguo. Después de recibir los dos mil pesos mexicanos, dejó de responder y se mantuvo ausente durante varios meses, sin dar señales claras de lo que había ocurrido ni de si cumpliría con lo prometido. Sin embargo, a diferencia de otros casos, su historia no terminó ahí. Con el paso del tiempo, el grupo decidió darle una segunda oportunidad y dejar atrás lo ocurrido, permitiendo su regreso a ASMR Latinas. Durante ese breve periodo, su presencia pareció normalizarse, como si el episodio anterior hubiese quedado atrás. Pero esa estabilidad duró poco. En un movimiento que no estaba directamente vinculado al grupo, decidió abrir un espacio propio: un grupo privado pagado, independiente de ASMR Latinas, al que más de treinta personas accedieron mediante pago con la expectativa de recibir contenido exclusivo. Durante los primeros días, la actividad se mantuvo, generando la sensación de que esta vez la operación sí se desarrollaría con normalidad. Sin embargo, apenas una semana después de haber sido creado, el grupo quedó en silencio. Andrea desapareció nuevamente, pero esta vez sin retorno. No hubo explicaciones, no hubo mensajes finales, no hubo intentos de justificar lo ocurrido. Simplemente dejó de estar. Y a diferencia de la vez anterior, no volvió. Hasta el día de hoy, su paradero dentro de ese entorno sigue siendo desconocido, cerrando su participación con un patrón que terminó por redefinir completamente la percepción que se tenía de ella.

ASMR Latinas:
Mientras los nombres individuales iban desapareciendo o transformándose en recuerdos dentro del relato, el grupo siguió adelante. Lejos de debilitarse, ASMR Latinas creció. En el momento en que ocurrieron estos hechos, la comunidad contaba con cerca de doce mil miembros, una cifra considerable, pero aún contenida dentro de ciertos límites. Con el paso del tiempo, ese número no solo se mantuvo, sino que aumentó de forma sostenida, incorporando nuevos usuarios que, en muchos casos, no habían vivido directamente los acontecimientos, pero que llegaban a un espacio cuya historia ya había dejado una marca profunda. Eventualmente, el grupo alcanzó casi treinta y un mil miembros, consolidándose como el único grupo de Telegram dedicado exclusivamente al ASMR en español. Sin embargo, ese crecimiento no fue neutro. La forma en que la comunidad operaba había cambiado. La confianza automática dejó de existir. Las colectas comenzaron a ser observadas con mayor cautela, las ofertas eran cuestionadas con más rigor y las decisiones pasaban por un filtro más exigente. Lo ocurrido no solo había sido un episodio aislado, sino un punto de inflexión. Había redefinido la manera en que el grupo se relacionaba con el contenido, con los proveedores y, en cierto modo, consigo mismo. Porque aunque muchos de los nuevos miembros no conocieran todos los detalles, la estructura que sostenía al grupo ya no era la misma. Había aprendido, y ese aprendizaje quedó integrado en su funcionamiento.

Wawa / AG:
En cuanto a Wawa, su presencia desapareció casi tan abruptamente como había comenzado. Después de haber sido expulsado del grupo y de haber cedido ante la presión, no volvió a tener participación dentro de ese entorno ni intentó retomar contacto con quienes habían estado involucrados en el proceso. Sin embargo, a diferencia de otros nombres dentro de esta historia, su identidad real no fue revelada públicamente. Esa información, que había sido clave para revertir la situación en el momento más crítico, fue deliberadamente contenida. No se utilizó para exponerlo, ni para perjudicar su vida personal o profesional fuera de lo ocurrido. Se mantuvo guardada como una medida de control, pero también como una decisión consciente: el objetivo nunca fue destruir a la persona detrás del personaje, sino recuperar el control de una situación que había sido manipulada desde el anonimato. Con el tiempo, Wawa dejó de ser un actor activo y pasó a convertirse en una figura dentro del relato, recordado no por su identidad, sino por el rol que desempeñó en uno de los episodios más complejos que ha vivido el grupo.

El video:
A pesar de todo lo que ocurrió, de las explicaciones, de las versiones cruzadas y de los intentos por reconstruir cada etapa del proceso, el elemento central de toda la historia nunca llegó a resolverse por completo. El video, aquel que dio origen a todo, quedó incompleto. De los aproximadamente treinta y cinco minutos que se sabía que existían, solo cinco fueron liberados. El resto nunca apareció. No fue compartido en el grupo, no se filtró posteriormente, no surgió en foros ni en otros espacios donde el fragmento sí logró circular con rapidez. Simplemente quedó fuera de alcance. Con el tiempo, esos minutos restantes pasaron de ser una ausencia concreta a convertirse en una incógnita permanente. Se habló de ellos, se especuló sobre su contenido, se intentó explicar por qué nunca salieron a la luz, pero nunca se pudo confirmar nada con certeza. Y en ese vacío, en esos treinta minutos que faltaron, terminó concentrándose una parte importante del misterio que rodea toda la historia. Porque más allá de la estafa, de las manipulaciones y de las consecuencias que se extendieron en el tiempo, quedó una pregunta abierta que nunca encontró respuesta definitiva: si ese material sigue existiendo en algún lugar, y si alguna vez llegará a aparecer.

El colaborador:
Su rol fue simple, pero fundamental. Prestó su cuenta bancaria para centralizar la recaudación de fondos, convirtiéndose en una pieza clave dentro de una operación que dependía completamente de la confianza entre personas que, en muchos casos, ni siquiera se conocían.
Durante ese momento, cumplió. Su participación permitió que el proceso avanzara.
Pero tras la estafa, cuando el grupo intentaba ordenar lo ocurrido y recuperar el dinero, surgió un nuevo problema. El Colaborador informó que había perdido una parte importante de los fondos que se le habían confiado, atribuyéndolo a un supuesto robo. No hubo claridad total sobre lo ocurrido, y aunque devolvió una parte del dinero, nunca fue suficiente para cubrir lo perdido.
En un contexto donde la confianza ya estaba completamente deteriorada, el margen para nuevas dudas era prácticamente inexistente.
El grupo tomó una decisión.
El Colaborador fue expulsado.

El Infiltrado:
En toda historia hay nombres que quedan grabados por lo que hicieron, y otros que permanecen en la sombra, no por falta de relevancia, sino precisamente por todo lo contrario. El Infiltrado pertenece a este segundo grupo.
Su aparición no fue anunciada ni buscada. No formaba parte del conflicto visible, no participaba activamente en las discusiones ni tenía una presencia reconocible dentro del grupo. De hecho, como muchos otros, pasaba desapercibido. Y, sin embargo, fue en el momento más crítico cuando su intervención cambió por completo el curso de los acontecimientos.
Sin su ayuda, la historia habría terminado de otra manera.
Fue él quien decidió romper el silencio cuando la situación ya parecía cerrada, cuando la estafa se había concretado y cuando las posibilidades de revertir lo ocurrido eran prácticamente nulas. Fue él quien aportó la información clave, no solo para confirmar lo que había pasado, sino para entender cómo había ocurrido realmente. Su decisión no estuvo motivada por protagonismo ni por reconocimiento, sino por una ruptura interna que lo llevó a tomar una postura clara frente a lo que consideró injusto.
Después de lo ocurrido, El Infiltrado continuó siendo parte de ASMR Latinas. Nunca adoptó un rol visible, ni buscó validación por lo que había hecho. Su participación siguió siendo la misma que antes: ocasional, silenciosa, casi imperceptible. Porque en realidad, nunca fue alguien particularmente activo. Y quizás por eso mismo, su impacto fue aún mayor.
Hasta el día de hoy, su identidad permanece desconocida. Y así seguirá.
No por falta de información, sino por decisión. Porque hay historias donde lo importante no es quién estuvo detrás, sino lo que hizo en el momento preciso.
Y esta es una de ellas.


Hechos posteriores
Una historia que sigue en desarrollo


Cuando la historia parecía haber quedado atrás y reducida a un conjunto de hechos ya asimilados por el grupo, ocurrió algo inesperado que volvió a traer el tema al presente. El 21 de marzo de 2026, más de un año después de los acontecimientos principales, la propia Lila ASMR se puso en contacto con Perro Aguayo a través de un mensaje privado en Instagram por un asunto que no tenía relación directa con esta historia. Fue en ese contexto donde, aprovechando la instancia, Perro Aguayo decidió comentarle lo que había ocurrido tiempo atrás con el supuesto comprador que afirmaba haber grabado un video con ella para luego venderlo. Le relató la situación tal como se había desarrollado dentro del grupo, incluyendo la existencia del video y la filtración de un fragmento de aproximadamente cinco minutos. Ante esto, ella respondió de manera directa, aclarando un punto clave: confirmó que el encuentro existió y que la grabación se realizó con su conocimiento, es decir, que era consciente de que estaba siendo grabada en ese momento. Sin embargo, también fue enfática en señalar que lo que nunca estuvo consentido fue la filtración ni la comercialización de ese material, indicando que el video había sido difundido sin su autorización y que la situación se encontraba en un proceso legal. Esa respuesta, más que cerrar el tema, volvía a poner sobre la mesa un elemento que hasta ese momento no había sido parte del relato público dentro del grupo.

Lejos de cerrar la historia, esa conversación terminó por confirmar que aún no estaba completa. Lo que durante meses se había entendido como un caso ya resuelto —con responsables identificados, consecuencias claras y un desenlace aparentemente definitivo— volvía a abrirse, no desde la especulación, sino desde una nueva pieza directa dentro del mismo entramado. Porque aunque muchos de los hechos ya estaban claros —la estafa, la manipulación, la filtración, la desaparición de los involucrados— ahora quedaba expuesto que el origen del video y sus implicancias seguían desarrollándose fuera del alcance del grupo. El proceso legal mencionado, la diferencia entre lo consentido y lo no consentido, y la ausencia total del material completo mantenían vigente una incertidumbre que nunca llegó a resolverse del todo. En ese sentido, lo ocurrido ya no podía entenderse únicamente como un episodio cerrado del pasado, sino como una historia que todavía estaba en curso. Una historia donde, a pesar de todo lo que ya se sabe, aún quedan espacios sin respuesta, versiones que podrían cambiar y, posiblemente, nuevos capítulos que todavía no han sido escritos.


Chicas mencionadas en este artículo:
Lila Asmr
Andrea Becaria ASMR
 
Volver
Arriba